Era julio o agosto, no lo recuerdo bien. El frió era desgarrador y todo el romanticismo de la ciudad había desaparecido sobre la esquina donde debía pasar mi colectivo.
A la luz de la sombra una pareja discutía, ella le reclamaba mas atención y él simplemente balbuceaba, ella le daba golpecitos recriminadores en el pecho y él seguía sin decir una sola palabra clara.
Cuando las cosas cumplen su ciclo, siquiera balbucear vale la pena.
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