Apareció sobre mi grimorio azulado, lleno de viejas maldiciones típicas y simbología del comienzo de mis días en este plano.
Sonrió bestialmente apoderándose de la poca dignidad que quedaba en este engendro vivo que era yo.
Y entonces descendió de aquel cielo raso, primero el izquierdo, luego el pie derecho.
Solo deseaba arrojarme al abismo mas allá del balcón pero me encontraba anclado y definitivamente prisionero de aquellos encantos acres.
-Hace música para la soledad y algunos cuentos para desahogar tus odios- dijo.
Y desapareció.
Podríamos haber seguido siendo dos, ergo prefirió volver al plano donde pertenece.
< Osamenta débil que no logra encerrar bien sus monstruos y ojos continuamente motivados >

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