Los ojos agrietados, sangrantes y punzantes por el llanto casi pesaban sobre la cara.
El olor a café reconfortante y alguna que otra palabra en voz alta que se escapaba casi susurrando.
Nuevamente preso de la incongruente relación de decir y hacer.
Perfumes ácidos, sabor a lagrimas y una guerra entre cerebro y corazón casi eterna, al menos hasta la muerte de alguno de los dos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario